Eric Blair, el moribundo que nos dejó el libro más incómodo del siglo XX

George Orwell nació como Eric Arthur Blair en Motihari, India, en 1903. Novelista, ensayista, periodista: en su breve vida resumió los sueños y las pesadillas del mundo occidental en el siglo XX. Escribió sobre la clase obrera inglesa en El camino de Wigan Pier, recogió su experiencia combatiendo al fascismo en la Guerra Civil española en Homenaje a Cataluña, y fabuló las perversiones del socialismo en Rebelión en la granja. Entre su vasta producción ensayística destaca El león y el unicornio.

Murió en 1950, a los cuarenta y seis años. Se le sigue considerando la conciencia de una generación y una de las voces más lúcidas que se han alzado contra toda clase de totalitarismos. Según el biógrafo Dorian Lynch, Orwell entregó 1984 a la imprenta siendo ya un moribundo, escribiéndola desde la soledad de su cama de enfermo.

No creo que el tipo de sociedad que describo en 1984 llegue a darse. Pero me temo que algo que recuerde a eso sí podría llegar, si no se lucha contra el totalitarismo.

— George Orwell, sobre su propia novela

En 1984, Orwell fusiona en un todo la intención política y artística. Ilumina la condición humana con una técnica narrativa que expone y explora las relaciones entre el pensamiento, el lenguaje, la tecnología y el poder en un mundo totalitario. Aunque sea de un modo casi desesperado, parece seguir apostando por la esperanza, por la posibilidad de que aún podría hacerse algo.

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Oceanía, los Cuatro Ministerios y la lógica invertida del poder

Era un día frío y luminoso de abril, y los relojes se estaban dando las 13. Así empieza la novela, con Winston Smith llegando a su apartamento. En el vestíbulo, que huele a col hervida, cuelga un cartel demasiado grande para estar en un interior: el rostro enorme de un hombre de unos cuarenta y cinco años, con un espeso bigote negro y facciones toscas. Un cartel pensado para que los ojos te sigan cuando te mueves. El Hermano Mayor vela por ti, dice el eslogan.

Winston tiene treinta y nueve años y una úlcera varicosa en el tobillo derecho. Sube las siete plantas andando porque el ascensor no funciona debido al ahorro de energía para la Semana del Odio. Trabaja en el Ministerio de la Verdad —el Miniver en Neolengua—, que se alza blanco e inmenso sobre el lúgubre paisaje de Londres, la principal ciudad de la Franja Aérea 1, a su vez la tercera provincia más poblada de Oceanía. En su fachada, con elegante caligrafía, pueden leerse los tres eslóganes del Partido:

LA GUERRA ES LA PAZ

//

LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD

//

LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

En Londres hay otros tres edificios de tamaño y apariencia similares: las sedes de los otros tres ministerios en que se divide todo el sistema gubernamental. El Ministerio de la Verdad se ocupa de las noticias, los espectáculos, la educación y las bellas artes. El Ministerio de la Paz, de los asuntos relativos a la guerra. El Ministerio del Amor mantiene la ley y el orden. Y el Ministerio de la Abundancia gestiona los asuntos económicos. Sus nombres en Neolengua: Miniver, Minipax, Minimor y Miniplen.

4
Ministerios del sistema
300 m
Altura del Miniver
85%
Población «prole» de Oceanía
1949
Año de publicación

Dentro del apartamento, una voz pastosa lee una lista de cifras relacionadas con la producción de hierro en lingotes. La voz procede de una placa oblonga de metal parecida a un espejo empañado. La telepantalla —así la llaman— podía atenuarse pero no había manera de apagarla del todo. Recibe y transmite al mismo tiempo. Es capaz de captar cualquier sonido que haga Winston por encima de un susurro muy bajo. Mientras esté en su campo de visión, puede verle y oírle.

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El diario, el crimen mental y la reescritura permanente de la historia

Winston saca del cajón un portaplumas, un tintero y un grueso libro de notas con el lomo rojo. La telepantalla del salón ocupa una posición poco frecuente: a un lado hay un pequeño hueco donde puede sentarse lo más pegado posible a la pared para quedar fuera del campo de visión del aparato. Está a punto de empezar un diario. No es que sea ilegal —nada lo es, porque ya no hay leyes—, pero en caso de que lo encontraran, es casi seguro que lo condenarían a muerte o al menos a veinticinco años en un campo de trabajos forzados.

Cuando escribe la fecha —4 de abril de 1984— se da cuenta de que ni siquiera sabe con certeza si de verdad están en 1984. Esto es revelador: la destrucción sistemática del tiempo objetivo es uno de los pilares del sistema.

⚠ Crimen de pensamiento

El partido afirmaba que Oceanía jamás había sido aliada de Eurasia. Winston Smith sabía que Oceanía había estado aliada con Eurasia apenas cuatro años antes. Pero ese conocimiento existía solo en su propia conciencia, que en cualquier caso pronto sería aniquilada. Si todos aceptaban la mentira que el Partido imponía, si todos los archivos contaban la misma mentira, esa mentira pasaba a la historia y se convertía en verdad.

En su puesto de trabajo, Winston desenrolla los pequeños cilindros de papel que salen de los tubos neumáticos. Su función: reescribir y corregir datos que la prensa o los libros publicaron en el pasado. Si el Hermano Mayor había predicho algo que luego no ocurrió, el discurso se reescribía para que predijera lo que de hecho había ocurrido. Las copias originales se destruían en el agujero de memoria —una ranura que arrastraba los documentos hasta los hornos ocultos en las entrañas del edificio.

Este proceso de alteración continua se aplicaba no solo a los periódicos, sino también a los libros, las revistas, los panfletos, los carteles, los folletos, las películas, las bandas sonoras, los dibujos animados, las fotografías y a cualquier tipo de literatura o documentación que pudiera tener el menor significado político o ideológico. Día a día y casi minuto a minuto, el pasado se iba actualizando. La historia era un palimpsesto borrado y reescrito tantas veces como fuese necesario.

Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado.

— Consigna del Partido (1984, George Orwell)

A esto lo llamaban control de la realidad. En Neolengua, doblepiensa.

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La Neolengua: cuando destruir vocabulario es destruir la capacidad de rebelarse

En otro departamento del Miniver están elaborando la nueva edición del Diccionario de Neolengua. No inventan palabras nuevas, sino que las destruyen. Podan el idioma. Un tal Syme se lo explicaba a Winston: la destrucción de palabras es muy hermosa. Lo que más sobran son verbos y adjetivos, pero hay cientos de sustantivos de los que también se puede prescindir. Si existe la palabra bueno, ¿para qué sirve malo? Con nobueno es suficiente —incluso mejor, porque es exactamente el contrario. Y para reforzar el concepto, en lugar de excelente o espléndido, simplemente másbueno o doble másbueno.

Al final, todo el concepto de la bondad se limita a seis palabras. El objetivo final de la Neolengua es reducir el alcance del pensamiento. Al final conseguirán que el crimen del pensamiento sea literalmente imposible, porque no habrá palabras con las que expresarlo. Todos los conceptos necesarios se expresarán exactamente con una palabra cuyo significado estará rígidamente definido y cuyos significados subsidiarios se habrán borrado y olvidado.

⚙ Mecánica del exterminio lingüístico

La revolución se habrá completado cuando el lenguaje sea perfecto. Cada año habrá menos palabras y el rango de la conciencia será cada vez más pequeño. En la undécima edición del diccionario ya casi lo han conseguido. Pero el proceso tendrá que seguir cuando tú y yo hayamos muerto.

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Los Dos Minutos de Odio y el mecanismo de la rabia controlada

Winston acababa de ocupar su sitio cuando dos personas a quienes conocía de vista entraron en la habitación. Una era una chica que trabajaba en el Departamento de Ficción, probablemente mecánica de las máquinas de escribir novelas. Una chica de aspecto decidido, de unos veintisiete años, cabello negro y espeso, rostro pecoso y movimientos ágiles y atléticos. Una estrecha faja de color rojo —emblema de la Liga Juvenil Anti-Sexo— seguía su cintura. A Winston le había resultado antipática desde el primer momento.

La otra persona era un hombre llamado O'Brien, miembro del Partido Interior que ocupaba un puesto importante. Un hombretón fornido de cuello grueso y rostro tosco y brutal que al mismo tiempo resultaba cordial. Winston sentía una extraña atracción por él: abrigaba la secreta convicción de que la ortodoxia política de O'Brien no era perfecta.

La telepantalla del fondo de la sala emitió un chirrido estridente y desagradable. Había empezado el Odio. El rostro de Emanuel Goldstein —el enemigo del pueblo, el renegado y desertor que en otro tiempo había sido una figura señera del Partido, casi a la altura del Hermano Mayor— apareció en la pantalla. En el segundo minuto, el Odio se convierte en frenesí. La gente da saltos en los asientos, chilla a voz en grito. Lo más horrible de los Dos Minutos de Odio no es que la participación sea obligatoria, sino que es imposible no participar.

En ese instante Winston cruzó la mirada con O'Brien. Supo —si supo— que O'Brien pensaba lo mismo que él. Fue como si sus mentes se abrieran. Estoy contigo, parecía estar diciéndole O'Brien. Sé exactamente lo que sientes. Comparto tu desprecio, tu odio, tu repugnancia. Pero no te preocupes. Estoy de tu lado.

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Julia, el amor como acto político y la trampa de O'Brien

Días después, en el pasillo del ministerio, la chica del cabello moreno tropezó y cayó de bruces. Winston, en un impulso, la ayudó a levantarse. En ese instante, ella le deslizó algo en la mano. Un trozo de papel doblado. De vuelta a su cubículo, lo alisó. Escrito con letra grande e informe: Te quiero.

Se llama Julia. Su lema es grita con la multitud: es la única forma de estar a salvo. Se arranca el cinturón escarlata de la Liga Juvenil Anti-Sexo y saca una tableta de chocolate. Empiezan a hablar, a conocerse, a reírse. En el campo, lejos de las telepantallas y los helicópteros, hacen el amor. Él se despertó primero y observó su rostro pecoso. Winston cayó en que no sabía su apellido ni dónde vivía.

Su abrazo había sido una batalla. Su clímax, una victoria. Era un golpe contra el Partido. Un acto político. Porque en ese mundo ya no había amor ni deseo puros: ninguna emoción era pura, porque todo se mezclaba con el miedo y el odio.

Terminan alquilando un cuarto al señor Charrington, un anticuario de los barrios prole. Una habitación sin telepantalla, con un reloj de cristal antiguo sobre la repisa y una cama enorme. Un espacio de humanidad imposible.

Deciden dar el paso definitivo y acuden juntos a casa de O'Brien. Este apaga la telepantalla —cosa que deja a ambos sin palabras— y les habla de la Hermandad. Les pregunta qué están dispuestos a hacer: dar la vida, asesinar, cometer sabotajes que causen la muerte de cientos de personas inocentes, traicionar a su país ante una potencia extranjera, engañar, falsificar, chantajear, pervertir a niños, distribuir drogas, fomentar la prostitución, extender enfermedades venéreas, hasta arrojar ácido sulfúrico a la cara de un niño. A todo dicen que sí. A lo único que no están dispuestos es a separarse.

⚠ El momento en que todo se quiebra

Una mañana, detrás del cuadro del cuarto alquilado, hay una voz. «Quedaos exactamente donde estáis. No hagáis el menor movimiento hasta que se os ordene.» El cuadro cae. Detrás había una telepantalla. La casa está rodeada. La habitación se llena de hombres con porras y uniformes negros. Alguien hace añicos el pisapapeles de cristal contra la chimenea. El fragmento de coral minúsculo rueda por la alfombra.

Y entonces entra O'Brien. «También te han atrapado a ti», grita Winston. «Hace ya mucho que me atraparon», responde O'Brien con una leve y pesarosa ironía. Siempre lo supo Winston. Siempre lo había sabido.

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La Habitación 101 y el precio de seguir siendo humano

O'Brien somete a Winston a interrogatorios terribles en los que pretende reeducarle, enseñarle a pensar. Para ello utiliza una máquina que activa con distinta intensidad con solo mover un dedo. Cada vez que una respuesta no es la correcta, sin más aviso que un leve movimiento de la mano, una oleada de dolor inunda el cuerpo de Winston. Un dolor aterrador porque no veía lo que le estaba ocurriendo.

Y cuando está destrozado, cuando ha cedido en todo, cuando pronuncia las frases correctas y parece reintegrado y reeducado, O'Brien pronuncia las palabras más terribles: la Habitación 101.

Allí se enfrenta a lo peor del mundo, a su miedo más esencial: las ratas. Dos ratas enormes en una jaula. En cuanto huelen a Winston se ponen histéricas. Le colocan una careta donde se engancha la jaula, que queda a pocos centímetros de su rostro. Solo la separa de él una puerta que se abrirá cuando quiera O'Brien.

Winston está fuera de sí. Y comprende de repente que solo hay una persona a quien pudiera transferir su castigo. Empezó a gritar frenéticamente, una y otra vez: ¡Hacédselo a Julia! ¡A Julia! ¡A mí no! ¡Da igual lo que le hagáis, arrancarle la cara, pero a mí no, a Julia, a Julia!

No se pueden meter en tu cabeza, le había dicho Julia. Pero claro que pueden. Hay cosas, sus propios actos, de los que es imposible recuperarse. Algo muere en tu interior. Quemado, cauterizado.

Un día se encuentran por casualidad en el parque. Apenas a diez metros. Winston le dice que la traicionó. Julia dice que también lo hizo. No parece haber nada más que decir. Winston la ve partir y se dirige al Café del Castaño.

Cuarenta años había tardado en entender la sonrisa que se ocultaba tras el bigote negro. La lucha había concluido. Se había vencido a sí mismo. Amaba al Hermano Mayor.

— Última frase de 1984, George Orwell
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Lo que Orwell inventó y lo que simplemente describió antes de tiempo

La influencia de 1984 es enorme. Más de treinta millones de ejemplares vendidos. Uno de sus personajes —el Gran Hermano— da nombre a un programa televisivo que se ha emitido durante lustros en todo el mundo. Las ventas del libro tuvieron un repunte a raíz del caso Snowden en 2013 y de la llegada de Trump a la presidencia de los EEUU en 2017.

Los micrófonos que te graban para controlarte el habla. Los Dos Minutos de Odio. La telepantalla. El control del correo de los ciudadanos. La música enlatada. El Ministerio de la Verdad. La Neolengua. La máquina de escribir novelas. Son aspectos del mundo de Orwell que en buena medida están ya entre nosotros.

📚 Dato: España y la censura

Bajo el franquismo, la censura no dio importancia al contenido político del libro sino al sexual. En opinión del censor, la acción giraba alrededor del «crimen sexual cometido por un hombre y una mujer», lo que implicaba «una serie de descripciones exactamente gráficas que impiden su autorización». La paradoja: la primera edición íntegra de 1984 publicada en España en castellano data de 1984.

El propio Orwell solo quería dejar una advertencia: si no se lucha contra el totalitarismo, este podría triunfar en cualquier parte. No era una predicción de futuro. Era una descripción del presente posible que se convierte en inevitable cuando nadie lo nombra. Orwell lo nombró. Con una máquina de escribir. Desde la soledad de su cama de enfermo. A pocas semanas de morir.

La pregunta ya no es si el inventario se está completando. La pregunta es si alguien lo está mirando.

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